A MODO DE INTRODUCIÓN

A MODO DE INTRODUCCIÓN

Alguna vez leí la frase "piedra que corre, no coge moho". Se refiere por supuesto a que si una persona cambia constantemente, pues le es difícil crecer como persona.
Honestamente creo que está errada. Claro que la piedra que corre coge moho y flores y escupitajos y cosas que ni te imaginas.
Soy originaria del Perú, he vivido cinco años en Francia, durante los años 80, diez en Finlandia y ahora me encuentro en Filipinas (¿Se han dado cuenta que vivo en países que empiezan con "f"? ¿Qué me tocará luego? ¿Fiyi?) Creo que eso me da autoridad para decir que los viajes sí que te hacen crecer como persona, por lo menos te dan una actitud zen necesaria para soportar esas diferencias culturales que te hacen ver la vida a cuadritos. Y aunque acepto que directamente los viajes no influencian en mi obra, sí que tienen una gran influencia en mi vida y por consiguiente en la manera como veo las cosas.

Las partes de este blog serán por ahora 4. La primera serán las nuevas cartas finlandesas (así las tendré todas en orden), la segunda "Chica cosmo" que hablará de viajes y choques culturales en general. Luego pretendo escribir “Una Latinoamericana en París” En donde obviamente contaré mis experiencias viviendo en esa ciudad y también incluiré lo que vivo ahora en Filipinas, que me he animado a titula "Dónde vas con mantón de Manila", una frase de "La verbena de la Paloma" (Para que vean qué culta soy) . Quizá luego me anime a escribir lo vivido al regresar a Perú, luego de mis años parisinos. Porque vuelvo a repetir que los viajes te cambian y ves en tu propia cultura, lo que antes no veías.
No pretendo dar clases de comunicación intercultural en este blog, solo compartir mis experiencias, de manera amena, porque es mejor reír que llorar en ciertos momentos de la vida. Y si de cuando en cuando caigo en estereotipos, pues pido disculpas. Espero que lo disfruten.

jueves, 12 de abril de 2012

DONDE VAS CON MANTÓN DE MANILA 9: NOLI ME TANGERE

Hace unos meses asistí al Centro Cultural Cervantes de Manila, para la presentación de un clásico de la literatura filipina: Noli me tangere de  José Rizal.

                             Esta obra, junto con su secuela el filibustero, son lecturas  obligadas para los estudiantes. Rizal es pues lo que Cervantes para los hispanohablantes, Shakespeare para los anglohablantes, Víctor Hugo para los franceses o Alexis Kivi para los finlandeses.  
                             La obra critica la actitud corrupta y abusiva del gobierno español de la época en general y del clero en particular. Por esa razón el libro fue prohibido a su lanzamiento en varias zonas de las Filipinas  y finalmente causaría la ejecución de José Rizal, con la excusa de que el libro contenía “material subversivo”. Parece ser que en realidad el Gobernador General Emilio Terrero tuvo que ceder ante las presiones de la iglesia: la más afectada por el escándalo que causó la obra.

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Versión original y nueva versión bilingüe, español - inglés

                             Noli me tangere está pues considerada como una influencia indirecta para la revolución y como un elemento importante en la creación de una identidad nacional unificada. Curiosamente esta obra fue inicialmente editada en Alemania, mientras Rizal terminaba sus estudios de medicina, y está escrita en español… idioma que ya casi nadie habla en este país. Es decir que la obra cumbre de la literatura filipina es leída por los estudiantes en inglés o en tagalo. ¿No resulta una triste metáfora para la realidad de un país cruelmente dividido por grandes diferencias sociales y raciales? ¿Cómo se puede basar la identidad nacional en una obra cuyo idioma ya no forma parte de esa identidad?
                          Más patético resulta el caso del uso que se hace del idioma nativo. Y es que a primera vista el tagalo parecería correr mejor suerte que muchos de nuestros idiomas nativos: es fácil escucharlo en la calle, todos parecen hablarlo. Sin embargo su uso sirve al parecer para marcar más las diferencias en la sociedad. Sí, todos hablan más o menos el tagalo, es el idioma que usas para dirigirte a la servidumbre, aunque ésta hable muy bien el inglés, es la manera como les recuerdas su lugar en la sociedad. Recuerdo una vez en un salón de belleza  la conversación entre una clienta y la secretaria. Empezaron hablando el famoso “taglish”, una mezcla de idiomas, muy graciosa. De pronto la clienta cambió a puro inglés y la secretaria le contestaba en puro tagalo. Pronto comprendí el porqué del asunto: la clienta quería un servicio que ya no se realizaba en ese instituto de belleza y la secretaria le ofrecía las disculpas correspondientes. Igual ocurrió una vez en el ascensor. Una mujer entró con su niño cargado por su respectiva “yaya”, que era tan grande como el pequeño, la pobre. El niño quería presionar el botón  y su madre lo alentaba a hacerlo en inglés. Pero como la yaya era tan pequeña, llegaba a ayudar al niño. La mujer le dijo algo en tagalo de una manera tan agresiva, que no me hizo falta saber el idioma para comprender que era una reprimenda. La pobre muchacha se tuvo que poner en puntillas para darle gusto al mocoso de marras.
                             El tagalo pues es un arma poderosa para marcar el lugar de la gente “inferior”, para criticarlos, para darles órdenes, para ponerlos en su lugar. Inclusive es utilizado para disculparse o pedir algo por los susodichos inferiores, hasta tal punto que si deben usar el inglés para hacerlo, darán miles de vueltas. El inglés es para las órdenes. Un pedido por más gentil que sea,  en inglés siempre se convertirá en un imperativo. ¡Qué triste perspectiva para un idioma nativo!
                             Estos dos años en Filipinas han sido muy duros para mí, porque no he podido evitar sentirme culpable, simplemente de existir. Una vez le dije a una amiga que prefería vivir en Europa por la ilusión de igualdad social que me daba. Porque debo reconocer que aún en lo socialistas países nórdicos hay diferencias sociales, pero lo más importante es que las cosas básicas como educación, salud, etc. están aseguradas para todos por igual. Así pues mi cuñado es un doctor en ingeniería, siendo hijo de obreros. En Finlandia nada de universidades “caras”, la selección que se hace en las universidades está basada únicamente en la capacidad intelectual de los alumnos. Una diferencia que me parece justa: cuanto más inteligente seas y capacitado estés, más ganarás. Lo que  no impide que un simple obrero pueda tener su casita propia, su autito, aunque sea de segunda mano y que pueda irse de vacaciones todos los años. Su sueldo no le permitirá ir a un hotel 5 estrellas, pero viajar sí que podrá. Ya sé que esa no es la realidad que vive el mundo en general, pero es la que debiera vivir.
                             Detesto las diferencias que se basan en la injusticia, sea esta cual sea. Me parece terrible que en muchos países un hijo de obrero esté prácticamente condenado a seguir la profesión de sus padres. No es justo, nadie me convencerá de lo contrario.
                             Quizá sea una explicación facilista, porque los fenómenos sociales no se explican con una sola teoría, pero no puedo dejar de mirar Noli me tangere como el espejo de la realidad filipina actual. Es una sociedad que a pesar del mestizaje, sigue estando profundamente dividida por ridículas jerarquías muy ligadas a la raza. ¿Y cómo no estarlo? Han pasado por manos del reino de Brunei, que les impuso la religión islámica, por la colonia española, que les impuso la religión católica, por la ocupación  japonesa, la norteamericana... cada cultura con sus propias reglas sociales, sus propias costumbres y cada una diciéndole directa o indirectamente a los nativos que eran seres inferiores. Veo un país mucho más confundido con su identidad que los países latinoamericanos que conozco.
                             Una vez me presenté a una persona diciendo por supuesto “soy peruana”, ella me contestó “y yo soy china, bueno he nacido en Filipinas pero toda mi familia es de origen chino”. Yo sé que en Latinoamérica también hay gente que se siente ridículamente orgullosa de sus orígenes, especialmente si son europeos, pero JAMÁS he escuchado a esas personas decir PRIMERO, los orígenes como si fuera la nacionalidad. Recuerdo especialmente el caso que me comentó sorprendida una periodista finlandesa en Perú. Y es que fue a visitar una antigua casa en el centro de Lima y el dueño le mostró su árbol genealógico para mostrarle que desde que su familia llegó de España, solo se habían “cruzado” con criollos, como ellos. La periodista me preguntó el porqué de la aclaración. Yo le contesté que indirectamente significaba que no tenían nada de sangre indígena o africana. Ella me contestó que si su familia descendiera directamente de  los colonizadores españoles que llegaron a América… no se sentiría orgullosa. Lo mismo me comentó una amiga española, diciendo que en su caso, más bien escondería el detalle. Pero por más orgulloso que estaba este tipejo de sus orígenes “puros”, no se identificaba como español: él era peruano.
                             No es el caso aquí, en donde  cada quién se identifica primero con los orígenes y luego como filipino, en donde los nativos tienen la actitud más terrible que haya observado en ningún país: la convicción de que no valen nada y no merecen nada.  Es como si de tanto escucharlo de parte de esas culturas “superiores” invasoras, han terminado por aceptarlo como una verdad indiscutible y lo consideran parte de su naturaleza, son psicológicamente una minoría despreciable. Y eso porque curiosamente las minorías que vinieron a estas islas para aprovecharse de ellas les mostraron siempre que ellos eran más inteligentes, más fuertes, más bellos…
                             Uno de los grandes conflictos que tengo está relacionado con la comida. Nunca me ha gustado esa separación que yo sé bien algunos latinoamericanos hacen entre lo que come “el patrón” y lo que come “la servidumbre”. Generalmente en Perú nunca tuve problemas con esto (… aunque debo confesar que me ha pasado que alguna desubicada, pensó que era tonta y se aprovechaba de mi “democracia”) pero aquí es imposible hacerle entender a la señora que trabaja en casa QUE LA COMIDA ES PARA COMERLA. Cuando le digo que pruebe algo, su respuesta me escarapela el cuerpo: “es que su comida es muy cara”. ¡Por eso mismo hija, aprovecha! y nada la convencerá de probar la aparente ambrosia que como todos los días. Y me encuentro con un gran dilema: si la mando a comprar carne, me comprará la de peor calidad porque es más barata, si la compro yo… entonces no la comerá. Es como si estuviera grabado en sus genes que no tiene derecho a comer algo que considera “superior” a su estatus. Y como ese, hay otros ejemplos en la vida diaria, que solo logran hacerte sentir muy incómodo.
                             Y mientras tanto los “superiores” se comportan como si tuvieran derecho a todo. Si tienes tres hijos, pues tienes una “yaya” (niñera) para cada uno de ellos y jamás los cargan. Una vez me crucé con una vecina y su retahíla de hijos y respectivas yayas y me dije que ella jamás tendrá los problemas de escoliosis que yo tengo por haber cargado a mis hijas. Pero no me arrepiento: mis hijas tuvieron de mi contacto todo lo que mi adolorida espalda me lo permitió. ¿No es triste que tus primeras caricias, tus primeros besos, te los dé la nana? En este país se sigue viviendo culturalmente en la colonia.
                             Y dejo las Filipinas con mucha tristeza, me hubiera gustado hacer algo más que escribir artículos sobre becas de estudio o proyectos de desarrollo para la revista de la asociación de damas del Banco Asiático de Desarrollo, pero no pude porque la frustración me doblegaba. El filipino del pueblo es tan gentil como el filipino de clase alta es desagradablemente asqueroso y déspota. Hay mucho que hacer para convencer a este pueblo de sentirse orgullosos de sus orígenes y no estar obsesionado por ser más blanco, por salir de aquí, por casarse desesperadamente con un gringo. Muchos me dirán que en América Latina es igual, pero les aseguro que aquí es peor, porque falta el respeto interno a lo suyo, cosa que por lo menos nosotros tenemos. Y es que la “clase alta” más bien se siente orgullosa de sus orígenes y no de la tierra que los vio nacer.
                             Sí, el filipino del pueblo es gentil, muy gentil, tanto que a veces te desesperas y quieres darles una buena sacudida.

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